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El negocio del periodismo

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A veces nosotros los periodistas se nos olvida que el periodismo es un negocio. Lo peor del caso, cuando nos damos cuenta seguimos viviendo mal que bien en un apartamento alquilado, botado de un diario al que le diste 17 años de tu profesión desde que fuiste pasante hasta que te preguntaron “ fecha de ingreso y último sueldo”.

El negocio de la verdad, no de la verdad de verdad, sino la verdad novelada en historias censuradas por el editor, parte del negocio, y por la mesa editorial, los dueños del coroto, termina en una casa solitaria, llena de libros y notas escrita con los años, recuerdos y diplomas del día del periodista, seguramente hasta premios ganados a costa de trabajo de esos 17 años en un diario que un día decidió que no eres conveniente para la política editorial de un diario que recién acaban de vender, pese a los mil quinientos años de abolengo de una empresa familiar que comenzó con un sujeto, poeta, soñador, con dinero y algo de suerte, apegado a la verdad.

Ser romántico es una mierda, pero precisamente por eso somos periodistas.

Podría tener la certeza que entre esos papeles viejos y los premios y regalos, está más de una carta de alguna investigación abierta por la inconveniente que ese reportero escribió alguna vez que sacó de mala hostia a algún juez o algún fiscal, y con un poco de suerte fue algún ministro o algún presidente, que terminó en una investigación inconclusa que nunca caminó porque solo querían amedrentar. También, esta me da más risa, alguna que otra carta al tribunal disciplinario del CNP donde te acusan de yo no se que cosa.

Yo tengo las mías y eso que mi paso por el periodismo policial fue bastante apenas de 7 años. Suficientes para terminar la carrera con un sueldo de pasante más guardias.

Pienso en ustedes muchachos, a los que han ido botando uno a uno convenientemente porque son sujetos incómodos, piedras en el zapato. Quizá, cuando este país se convierta en algo más que un juguete de aquellos que nos desean arrodilladlos, los dueños del negocio, del negocio del periodismo, se acordarán que aquellos reporteros inconvenientes que botaron alguna vez quedaron en la gloria del periodismo que ellos no fueron capaces de hacer, sólo porque era un negocio.

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Sobre ética, periodismo, socialmedia, contexto… todo junto

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Expresé mi opinión sobre la foto que se muestra aquí arriba, la cual generó una polémica intrascendente.

“Creo este tipo de que imágenes no se deben mostrar. Siento que promueven un morbo que es bastante duro cuando se lee, peor cuando se ve. Pero estas son las redes sociales y cada cual tiene la licencia de usarlas a sus anchas. Sin embargo, sigo siendo un reportero en alguna parte, y creo que esto de sembrar conciencias no le logra si no es con un pifostio, pues pareciera que el venezolano no reacciona sino con eso”.

Yo considera que la falta de compresión de lectura del texto de unos, y en otros casos, la falta de comprensión de la contextualidad del discurso que se viene generando en el social media por otros. En cualquiera de los casos, considerar este asunto como un “error humano” es sensato, pero en gran medida parte desde la forma en cómo comprendemos lo que vemos y como planteamos la intertextualidad en la social media, uno de sus características fundamentales.

Desde mi punto de vista ético, considero que la foto que muestra Sergio Dhabar en su post es el corolario de todo el contenido que se ha mostrado en general por los medios sociales de los hechos ocurridos en estos días. Sin embargo, esta foto me genera un interés como periodista: creo que es una foto necesaria, por ser honesta, dura, con un alto contenido emocional e inteligente sin ser exageradamente amarillista. No es la foto: es el contexto que la carga de contenido en un momento comunicacional.

Debemos entender que los medios tradicionales han usado los medios sociales como herramienta de desahogo de esa gran cantidad de información que por un motivo ético, no publican en sus impresos, pero me causa suspicacia: por qué no considerar estas plataformas bajo el mismo criterio ético de sus publicaciones impresas. Hay que reconocer que algunos “tabloides digitales” los cuales no voy a mencionar por su alto contenido de semillas, hacen gala de sus falta de conciencia y usan la información naranja como aliciente de su necesidad obsesivo compulsiva por las visitas, los likes y compartidos, los rt, y pare usted de contar las herramientas de viralización.

Sin embargo, es necesario atender que este cuestionamiento ético es propio de los periodistas y no de los medios sociales que están llenos de periodistas, en algunos casos. Esa necesidad de inmediatez del medio social necesita publicar cualquier cosa para convertirla en noticiable y su necesaria forma de viralidad es, pese a lo cuestionable, necesaria.

Pero que lo haga un diario de circulación nacional en sus medios sociales es un problema, es como si viñetaran todo su contenido social, pero sin interpretación y eso crea un contexto donde una imagen como la que “cito”, que considero cuadro inteligente, estética, periodística y dramático y  en una ginda terrible del contexto, que habla más allá de aquellos aspectos que la influyen a convertirse en una poderosa fuente semiótica de un discurso, sino una visión descriptiva de eso que no vemos de la violencia: lo que queda de un acto seco e innecesario.

Insisto: la foto es periodísticamente necesaria… pero duele muchísimo. Éticamente creo que está cargada de un contexto poderoso, pero mal usado, no por Sergio, a quien respeto como periodista y editor de primera línea, sino por aquellos que quieren viralizar un hecho con las intenciones equivocadas.


Sobre el tipo de las corbatas raras y sus cosas…

No se cuantas veces conocí al chivo negro… porque como es obvio con gente como él, era el tipo de personas que uno conoce unas no sé cuantas veces en la vida. Lo conocí hace muchos años cuando en el colegio me daba por leer cuanto papel se me atravesaba en la vida. Ya había decidió que mi vida iba a estar orientada al periodismo, así que por suerte se editó un tiraje de sus libros Así son las cosas por Últimas Noticias, un diario que estaba comenzando a dar un vuelco tremendo en su visión editorial y estaba saliendo de las casillas de bodrio o de la manera perfecta de conseguir trabajo. Mi madre, en esa actitud consumista de todo lo que oliera a Caracas, compró todos los libros que duraban en mis manos menos de lo que cualquiera de ustedes podía imaginar. Después, en unos de esos conversatorios logré estrecharle la mano y conversar con él unos 10 minutos. Era fenomenal escucharlo, todo se le venía a la cabeza como si fuera una película, y cada historia tenía una razón de ser y una hilación perfecta con la siguiente. Si me preguntaran hoy, yo creo que el que escribió las mil y una noches fue ese carajo.

La sala de prensa de PTJ siempre fue un sitio de muchas historias, sobre todo historias que tenían que ver con El Compañerito, con el chivo negro, Santiago, y las leyendas urbanas de sus locuras, amores  y secretos a voces que tenían que ver con la fuente policial, y las demás cosas. Esas historias me hicieron reír mucho, pues los comisarios viejos y los reporteros que generalmente nos partían la madre con sus años de experiencia podían contar muchas cosas que vieron cuando tenían mi edad, pero las historias de Oscar eran fenomenales, casi de un super reportero salido de una historieta de Kaliman o de esos que sólo contratan en el diario El Planeta.

Una vez caminando por los pasillos de Venevisión me lo crucé en un ascensor. Tuve la osadía de decirle “que hubo Chivo Negro, como está la vaina” –“Como estas carajito, tiempo sin verte. Que estás haciendo con tu vida, por fin, ¿eres reportero?”. Me quedé perplejo. Lo que fue una osadía a mi parecer terminó siendo una sorpresa tremenda de que el carajo se acordara de mi… cosa que agradecí y fue una lección de vida. Sostuve 10 minutos de conversación nuevamente con el, donde conversamos fugazmente sobre mi paso por el reporterismo policial y un buen carajazo en el hombro con un “colega” que guardo muy bien en mis recuerdos, con aquellas historias en la frutería que quedaba al lado de El Nacional en Puerto Escondido con Abelardo Raidi y los ratos que tengo con El Compañerito, que han sido fenomenales. Después de años en el periodismo institucional y otras pendejadas que he hecho que no quiero mencionar, entiendo que eso de reportero no se quita, ni siquiera con agua fría. al fin y al cabo, cuando uno es reportero, lo único que te queda en la vida es haber sido un gran reportero. Si no, pregúntenle a Clark Kent.

Así son las cosas…


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