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Soft Porno Victoriano para Viejas Mormonas

CUADRO VICTORIANO

Tengo la imperiosa necesidad de entender, porque reconozco abiertamente haber leído los libros, cuáles son los aspectos que pueden hacer de 50 sombras un fenómeno, más allá de que el señor Gray tiene real y obviamente tiene ventaja: puede pagarse todos los gustos y caprichos, incluso, comprarse a una universitaria ventiañera para amarrarla y azotarla un poco.

Debe ser que como somos nosotros los muchachos los que tenemos cultura porno, nos parece esta historia sosa, y hay que ver que los argumentos de la industria pornográfica son malos, halados de los pelos, poco inteligentes, pero con una cantidad asombrosa de cosas que hacen esas muchachas que uno suplicaría encontrarse a una malabarista del sexo con alguna, una al menos, de esas virtudes.

Ni hablar de lo que hay de literatura erótica. Creo que tuve la oportunidad de leer mucho de eso, pues en algún momento empecé a escribir cosas como esa. Obviamente comenzar con la literatura grotesca y dura de Sade, pasando por una serie de novelas de tinte muy subido, como Las Edades de Lulú de Almudena Grandes, entre otras, le dan a uno una idea muy interesante de cómo la literatura erótica debe ser: “no esa vaina soft porno victoriano para viejas mormonas”, le escuché decir a una mujer entrada en años, reconocida por sus juergas y sus divorcios, que además admiro mucho por ser una doña muy culta y de mente abierta.

Además creo que las redes sociales se han lanzado una de crítica muy interesante en cuanto a memes se refiere. Imágenes con chistes al respecto a todo esto de la sexualidad que está despertando de una cantidad de muchachas y señoras calentonas que desean encontrarse a un señor Gray en su vida, aunque para mal o para bien, tienen a uno a lado (introduzca la carita que usted considere aquí).

Aquí es donde entra el juego de seducción fallido: amarrar a la mujer con la corbata de poliéster porque la de seda es muy cara (va una). Tratar de azotarla un poco no es una opción, porque en cualquier momento uno se emociona, ella se arrecha y se acabó la diversión (van dos). Comprar juguetes sin su consentimiento y verle la cara de “ya me lo había dicho mi mamá que tú eras un perro insolente sin amor y sin corazón que lo único que quieres es aparearte” (van tres). Llevarla a un lugar con aparatos escabrosos de esos que se usan para el placer y que te miren con cara de “si tú crees que alguna parte de mi cuerpo va a tocar esa cosa, estas equivocado”, si es que no te lo dicen… y así cosas por el estilo.

Yo me pregunto. Qué pasaría si uno tuviera la oportunidad de ser como el señor Gray con esas inclinaciones tan raras, no elegiría a una universitaria, pasmada por sus problemas personales, relativamente feita, desarreglada y con un autoestima por el piso. Seguramente sería amigo del Señor Heff y andaría con una texana desinhibida que tiene por lo menos dos portadas en la revista del conejito, y seguramente la cambiara de acuerdo a las necesidades del momento. Punto pelotas.

El señor Gray definitivamente es una entelequia victoriano-mormona. Pero todos tenemos derecho a soñar con el sexo, incluso si eres una vieja estirada, una carajita de lentes que no se toca por asuntos de fe, o la mujer que entre página y página, vuelve a la realidad y recuerda que el mundo es muy distinto al voltear y darse cuenta que lo que tiene es a uno a su lado (algo bueno debemos tener, supongo).

Cosas que refuerzan mi teoría:


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