Sobre el tipo de las corbatas raras y sus cosas…

No se cuantas veces conocí al chivo negro… porque como es obvio con gente como él, era el tipo de personas que uno conoce unas no sé cuantas veces en la vida. Lo conocí hace muchos años cuando en el colegio me daba por leer cuanto papel se me atravesaba en la vida. Ya había decidió que mi vida iba a estar orientada al periodismo, así que por suerte se editó un tiraje de sus libros Así son las cosas por Últimas Noticias, un diario que estaba comenzando a dar un vuelco tremendo en su visión editorial y estaba saliendo de las casillas de bodrio o de la manera perfecta de conseguir trabajo. Mi madre, en esa actitud consumista de todo lo que oliera a Caracas, compró todos los libros que duraban en mis manos menos de lo que cualquiera de ustedes podía imaginar. Después, en unos de esos conversatorios logré estrecharle la mano y conversar con él unos 10 minutos. Era fenomenal escucharlo, todo se le venía a la cabeza como si fuera una película, y cada historia tenía una razón de ser y una hilación perfecta con la siguiente. Si me preguntaran hoy, yo creo que el que escribió las mil y una noches fue ese carajo.

La sala de prensa de PTJ siempre fue un sitio de muchas historias, sobre todo historias que tenían que ver con El Compañerito, con el chivo negro, Santiago, y las leyendas urbanas de sus locuras, amores  y secretos a voces que tenían que ver con la fuente policial, y las demás cosas. Esas historias me hicieron reír mucho, pues los comisarios viejos y los reporteros que generalmente nos partían la madre con sus años de experiencia podían contar muchas cosas que vieron cuando tenían mi edad, pero las historias de Oscar eran fenomenales, casi de un super reportero salido de una historieta de Kaliman o de esos que sólo contratan en el diario El Planeta.

Una vez caminando por los pasillos de Venevisión me lo crucé en un ascensor. Tuve la osadía de decirle “que hubo Chivo Negro, como está la vaina” –“Como estas carajito, tiempo sin verte. Que estás haciendo con tu vida, por fin, ¿eres reportero?”. Me quedé perplejo. Lo que fue una osadía a mi parecer terminó siendo una sorpresa tremenda de que el carajo se acordara de mi… cosa que agradecí y fue una lección de vida. Sostuve 10 minutos de conversación nuevamente con el, donde conversamos fugazmente sobre mi paso por el reporterismo policial y un buen carajazo en el hombro con un “colega” que guardo muy bien en mis recuerdos, con aquellas historias en la frutería que quedaba al lado de El Nacional en Puerto Escondido con Abelardo Raidi y los ratos que tengo con El Compañerito, que han sido fenomenales. Después de años en el periodismo institucional y otras pendejadas que he hecho que no quiero mencionar, entiendo que eso de reportero no se quita, ni siquiera con agua fría. al fin y al cabo, cuando uno es reportero, lo único que te queda en la vida es haber sido un gran reportero. Si no, pregúntenle a Clark Kent.

Así son las cosas…

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Acerca de mtgonv

Comunicador, publicista y periodista, dedicado al Estudios del Discurso, la comunicacion digital y los medios sociales.editor de los blogs mtgonv.wordpress.com, desdepaloverde.wordpress.com y lasmanerasdeldecir.wordpress.com Ver todas las entradas de mtgonv

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