… alrededor de una chupeta roja y otras historias.

Así estoy. Tengo los dedos que parecen una partitura. Lleno de puntitos negro de los constantes puyazos en las yemas para saber cómo sigo del tema de la azúcar, un asunto que, si bien no me mata en estos momentos que estoy joven y aprendiendo de las cosas que puedo y las que no, le tengo un terror a largo plazo.

Cambié de médico. La persona que me vio al principio me pareció poco sano, insolente, mal encarado, malavenido y poco comunicativo. Es más, creo que con todo este asunto de la diabetes, he vuelto a retomar esas afanosas costumbres de la autodidactía: para la enfermedad, para la cocina, para las medicinas, para los ejercicios, para todo.

Han sido días duros, especialmente cuando hablas con una persona como yo que tiene todos los vicios: Fumo, cada día menos, pero sigo fumando porque tengo la firme convicción de que el cigarro no es tan malo después de todo. No me pueden quitar todo de un solo golpe, creo yo.

De beber, pues creo que me he tomado dos güisquis con CAP y un vodka que no termino de pasar, algo de vino en un encuentro casual con una chica para conversar pendejadas, pero, ya el alcohol ha dejado de ser un asunto de necesidad para convertirse en un tema de segundas lides. Más bien son mis amigos que comentan “¿Marco González sin un trago? Fin de mundo…”, algo que me parece ridículo y fuera de lugar, pero bueno… mi buen humor es algo que sobrepasa los límites de la tolerancia. El asunto es que las fiestas me parecen aburridísimas sin un ron… me quedo dormido.

De los dulces sí que nada de nada. Bueno… excepto uno que otro chocolate sin azúcar y una laticas maravillosas de merengadas de vitaminas, que han subido una barbaridad desde que las conocí hasta la fecha. Con respecto a ese punto lo considero de la siguiente manera… la merengada cuesta 45 bolívares y la lata de Coca Cola (que está por demás negado de cualquier manera, muy a mi pesar) cuesta 15: entonces, si me tomaba 3 coca colas al día, puedo tomarme una lata de estas y punto… caso resuelto. Pero tampoco exagero, duele en el bolsillo, en el alma y en el corazón, pero es buenísima para los momentos de crisis.

Debo reconocer que en el país de las tortas –porque hay que ver que cada 20 metros en esta ciudad hay una persona vendiendo tortas, galletas, donas y demás dulces de panadería– es muy difícil sobrevivir a sus aromas y sabores. Creo que tengo algo de fuerza de voluntad, porque no he caído a los encantos de la torta casera tipo ponqué, y mucho menos a las tortas de cumpleaños que indiscriminadamente traen a la oficina para cantar cumpleaños (que dicho sea de paso, es interdiario) y que siempre terminan ofreciéndote un pedazo de torta de chocolate con crema de chocolate y chispitas de chocolate, para después decirte: “Ah, verdad que tú no puedes”, (en estos casos, les dejo a ustedes considerar lo que pienso de estos sujetos cuando vienen con esas monstruosidades pasteleras).

Otra cosa es que ahora el dulce me causa un gran problema cuando voy a visitar a Santiago. ¿Con qué moral puedo yo entregarle al pequeño una chupeta roja, que no es otra cosa que una bomba de azúcar? A mí me da mucha cosa, pero creo que además de que me parece una manera de consentirlo demasiado manipuladora (¡una chupeta! ¡ROJA!). Ahora, según mi criterio, es terriblemente peligroso eso de darle azúcar así desde chiquito.

Debo reconocer que tengo un miedo latente a ciertos aspectos de la enfermedad, no porque puedan ser una cosa grave hoy… digamos, asunto de sentirse mal y esas cosas; tiene que ver con los temas latentes de la enfermedad: lo que tiene que ver con el deterioro de la vista, los pies, los riñones, eso solo para comenzar, que se pueden convertir en un problema más adelante.

Además –con respecto a esto, algunos le llamarían la columna de reflejo– cuando uno le pasa algo empieza a coincidir con cuentos de personas que conocen a otras personas con la misma dolencia que tú, que le pasa esto o lo otro y de lo que no te enterabas nunca en la vida. Eso, es lo que más te pone en alerta, te aterra más y te preocupa más.

Pero por hoy, sólo por hoy, no pienso preocuparme por esos asuntos. Creo que más importante que preocuparse por lo que puede pasar en el futuro debo preocuparme en dejar a un lado todos esos vicios, que incluye la sal, obviamente, y preocuparme en vivir mejor que en cómo me voy a morir con los años. Es una reflexión en estos días en los que me encuentro de muy mal humor por muchas razones, pero esencialmente, porque creo que todo esto tiene una razón de ser y que, a veces pienso así, es una buena oportunidad para tomar una ola buena y surfear la vida… así como antes.

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Acerca de mtgonv

Comunicador, publicista y periodista, dedicado al Estudios del Discurso, la comunicacion digital y los medios sociales.editor de los blogs mtgonv.wordpress.com, desdepaloverde.wordpress.com y lasmanerasdeldecir.wordpress.com Ver todas las entradas de mtgonv

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