Palabras más, palabras menos…

Era casi las doce de la noche cuando recibí la llamada que me quito el sueño… Gustavo murió. De inmediato hice todo lo posible para no entrar en pánico. Mi hermano del alma, mi compañero de tantas cosas, había dejado de vivir el día preciso, en la hora cero: a las doce de la noche en el día de su cumpleaños.

No he parado de recordar tantas cosas. De preocuparme, de no creérmelo, de sencillamente negarlo.  La noche paso, gracias a Dios, sin desparpajo bajo la duermevela de aquel que quiere cerrar los ojos para no recordar, con la esperanza de que al despertar, no haya pasado nada.

Con el teléfono en la mano tratando de llamarlo, llamó Roberto. Tampoco se lo creía. Pero quien se lo iba a creer, cuando horas atrás estábamos pensando en tortas y tragos para ese día. Sencillamente, tuvimos que sacar el traje y la corbata sin colores, cualquier cosa menos eso imaginábamos.

Sólo he pensado en una cosa desde la noticia. Poesía. En libros, en poetas, en versos y en lecturas y relecturas necesarias, en discusiones eternas hasta la madrugada, en cuentos y en novelas, en borradores y correcciones, en papeles y cientos de rayas rojas y azules. En fútbol y Monopolio, y también algo de fútbol.  En cientos y cientos de fiestas, en poesía y en poetas, en libros y novelas, en esa maña incomprensible que tenías con Cortázar, en Huidobro, en Alejandra Pizarnik y en unas hojas de un manuscrito recién terminado que leí de un tirón en un salón de boliche llamado “No repitas mi nombre”.

Sin embargo, más fuerte que nada, la generación del 27, nuestros maestros. Una escuela que sólo puede ser rondada de la mano de un personaje como Gustavo, quien sin duda omitía los comentario prologales para explicarte los brillos esenciales de García Lorca, de los riesgos personales de los versos de Luis Cernuda o de los juegos surreales de la poesía de Aleixandre.

De ahí todo fue, como quien diría, en picada. Cada poema fue más rápido e inclemente, más agresivo y despótico.Ya no se trataba de un problema semántico, era un tema de imágenes, de contexto, de un juego pragmático complejo. Era, por así decirlo, un intercambio de palabras, de ideas y sus consecuencias.  Era sencillamente, poesía.

Creo que en lo único que no congeniamos fue en nuestros conceptos periodísticos. La poesía se convirtió prontamente en notas de prensa, en artículos de opinión, en historias de vida tan reales que se encargaron de sustituir aquellos sueños propios de ver mi nombre en la portada de un libro, por esos que terminaron rubricando periódicamente en los diarios. El siguió con la poesía, fiel al amor que le teníamos, pero yo fui cambiando por un oficio igual de romántico y apasionado.

Lo escuché decirme unas cuantas cosas sobre lo que escribía. Creo, honestamente, que era la única voz que merecía atención cuando se trataba de una crítica, aunque debo aceptar, pese a que no debo decirlo yo abiertamente, muchas de ellas fueron buenas.

Cuando lo vi, acepté mis ganas de llorar, pero su sonrisa burlona de siempre me reprimió totalmente. “Hiciste lo que te dio la gana, compadre”, pensé para mis adentros, considerando que 38 años exactos (muy típico de él) fueron suficientes. Los muchachos querían tomarse unos rones en tu nombre, total, era tu cumpleaños.

Pero finalmente lo entendí. Esto era simplemente un viaje más de aquellos que le gustaba hacer. Una experiencia más para escribir. Un camino más que recorrer para ese que simplemente necesitaba algo más que contar. “Hiciste lo que te dio la gana, compadre”, pensé para mis adentros, nuevamente, esperando recibir de herencia algo que siempre trato de inculcarme: escribir es un oficio, y en el oficio de escribir no hay inseguridades ni medias tintas, simplemente hay un escritor y una hoja en blanco.

Después, aunque con pena, se me escapo una sonrisa… “Deséame suerte compadre… Gracias, y buen viaje”… le dije para despedirme, sin dejar de repetirme una y otra vez, “que vaina contigo, Gustavo Portella”…

¡Qué golpe aquel que aldaba
sobre el ébano frio de la noche!
se desclavaron las estrellas frágiles.

Todos los prisioneros percibimos
el descoserse de la cerradura.
¿por quién? ¿A dónde?

El sol su página plisada
entró por la rendija oblicuamente
iluminando el polvo.

Descorrió la cortina su elegido,
y penetró en los ámbitos sonoros
del Triángulo y la espuma.

Nos dejó la burbuja de su ausencia
y la conversación de sus elogios.
Manuel Altolaguirre
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Acerca de mtgonv

Comunicador, publicista y periodista, dedicado al Estudios del Discurso, la comunicacion digital y los medios sociales.editor de los blogs mtgonv.wordpress.com, desdepaloverde.wordpress.com y lasmanerasdeldecir.wordpress.com Ver todas las entradas de mtgonv

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