¿Hay una olla de oro después del arcoiris?

Cccc_13No es que me interese mucho el asunto del matrimonio Homosexual. De hecho, es poco probable que me vean discutiendo el tema o colocando banderitas en Facebook. Tampoco me voy a poner religioso recalcitrante diciendo que dios no aprueba eso (¡Tú has visto!, de verdad… hasta que no baje el carajo y me lo diga me va a parecer una pajudez de argumento), o peor aún, usar el argumento de que yo pago impuestos y los están usando para “esto” (hemos mantenido militares toda la vida… que inútil es eso).

El asunto es que pienso en mis amigos que son homosexuales, algunos de ellos que ni sabemos porque son gente muy cuidadosa. Pienso en aquellas cosas que les afecta y todo lo que sufren y viven buscando eso que nosotros los hererosexuales tenemos y en ocasiones usamos como un juego… Tener un culito ahí, una noviecita, una vecina sinvergüenza, un amigo simpático, como le llamen: la libertad de expresar nuestra sexualidad abiertamente, así sea con un piropo criminal de obrero de construcción.

Pienso en amigos que han salido muy mal parados en sus fiestas y sus búsquedas de parejas, donde alguno de ellos ha terminado en el hospital después de una golpiza, o un asalto donde le han llevado hasta los enchufes. También los que han muerto.

Se trata también en darle paz a sus vidas al poder tener la oportunidad de juntarse con una persona que los apoye y los quiera. Tener la oportunidad de crecer y tener éxito, poder comprarse una casa y tener las cosas que toda pareja en la vida desea: una vida tranquila y plena.

No importa si son hombres o mujeres (que debo acotar que mis amigas gay son unas hembras de exposición). Creo que todos ellos tienen derecho a hacer su vida juntos, así como la tenemos nosotros los que ya la tuvimos y la hemos cagado y vuelto a intentar, o los que han tenido suerte y han tenido una vida plena con su mujer y tienen una familia.

Suerte muchach@s… esto de tener pareja es, para todos, una ruleta rusa…


Soft Porno Victoriano para Viejas Mormonas

CUADRO VICTORIANO

Tengo la imperiosa necesidad de entender, porque reconozco abiertamente haber leído los libros, cuáles son los aspectos que pueden hacer de 50 sombras un fenómeno, más allá de que el señor Gray tiene real y obviamente tiene ventaja: puede pagarse todos los gustos y caprichos, incluso, comprarse a una universitaria ventiañera para amarrarla y azotarla un poco.

Debe ser que como somos nosotros los muchachos los que tenemos cultura porno, nos parece esta historia sosa, y hay que ver que los argumentos de la industria pornográfica son malos, halados de los pelos, poco inteligentes, pero con una cantidad asombrosa de cosas que hacen esas muchachas que uno suplicaría encontrarse a una malabarista del sexo con alguna, una al menos, de esas virtudes.

Ni hablar de lo que hay de literatura erótica. Creo que tuve la oportunidad de leer mucho de eso, pues en algún momento empecé a escribir cosas como esa. Obviamente comenzar con la literatura grotesca y dura de Sade, pasando por una serie de novelas de tinte muy subido, como Las Edades de Lulú de Almudena Grandes, entre otras, le dan a uno una idea muy interesante de cómo la literatura erótica debe ser: “no esa vaina soft porno victoriano para viejas mormonas”, le escuché decir a una mujer entrada en años, reconocida por sus juergas y sus divorcios, que además admiro mucho por ser una doña muy culta y de mente abierta.

Además creo que las redes sociales se han lanzado una de crítica muy interesante en cuanto a memes se refiere. Imágenes con chistes al respecto a todo esto de la sexualidad que está despertando de una cantidad de muchachas y señoras calentonas que desean encontrarse a un señor Gray en su vida, aunque para mal o para bien, tienen a uno a lado (introduzca la carita que usted considere aquí).

Aquí es donde entra el juego de seducción fallido: amarrar a la mujer con la corbata de poliéster porque la de seda es muy cara (va una). Tratar de azotarla un poco no es una opción, porque en cualquier momento uno se emociona, ella se arrecha y se acabó la diversión (van dos). Comprar juguetes sin su consentimiento y verle la cara de “ya me lo había dicho mi mamá que tú eras un perro insolente sin amor y sin corazón que lo único que quieres es aparearte” (van tres). Llevarla a un lugar con aparatos escabrosos de esos que se usan para el placer y que te miren con cara de “si tú crees que alguna parte de mi cuerpo va a tocar esa cosa, estas equivocado”, si es que no te lo dicen… y así cosas por el estilo.

Yo me pregunto. Qué pasaría si uno tuviera la oportunidad de ser como el señor Gray con esas inclinaciones tan raras, no elegiría a una universitaria, pasmada por sus problemas personales, relativamente feita, desarreglada y con un autoestima por el piso. Seguramente sería amigo del Señor Heff y andaría con una texana desinhibida que tiene por lo menos dos portadas en la revista del conejito, y seguramente la cambiara de acuerdo a las necesidades del momento. Punto pelotas.

El señor Gray definitivamente es una entelequia victoriano-mormona. Pero todos tenemos derecho a soñar con el sexo, incluso si eres una vieja estirada, una carajita de lentes que no se toca por asuntos de fe, o la mujer que entre página y página, vuelve a la realidad y recuerda que el mundo es muy distinto al voltear y darse cuenta que lo que tiene es a uno a su lado (algo bueno debemos tener, supongo).

Cosas que refuerzan mi teoría:


Extrañando mi propia tierra

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Carnavales patéticos. Así es la manera de decirlo. Hubo una época que me encantaba quedarme en Caracas en días de asueto. Disfrutar la ciudad, las plazas, las calles vacías, el metro, el ateneo, ver cine de autor en la Benacerraf, El Hatillo, el gusto de hacer mercado en días de total tranquilidad, ir a Farmatodo a comprar un antojo, comprarme un helado de palito y ver a los niños disfrazados jugar con papelillos. Sorprenderme que existe aún alguno que lleva el disfraz del Zorro. Tomarse una cerveza en El León y después volver a casa tranquilamente a las 11 de la noche. Estacionar el carro en la calle.

Las calles estaban vacías. Si, como no. Pero en estos días es una locura ir a caminar a Sabana Grande porque a algunos fascinerosos les da por subirle el tono al carnaval a carajazo limpio. Además la cosa se ha puesto poco interesante, que los trajes de princesa, Superman y la mujer maravilla pasaron a uniformes militares o de algún político preso. Y hablando de eso… la fecha se da para recordar las protestas del año pasado, ahora con el chance adicional de que si puedan dispararte legalmente.

Comerse un helado de palito, algo así como un pastelado, para mí es romper una regla. Azúcar no. Pero no es posible. Conseguir un helado EFE es imposible en una plaza de esta ciudad. Lo peor del caso es que cuando uno se traslada en moto, eres capaz de cubrir todo el territorio en una sentada. Realmente me quedé con el antojo.

Ni hablar de la cerveza. La ciudad está oscura, triste, aburrida, sin la música escandalosa que la caracteriza, sin los culitos morenos de playa con ganas de rumbear un domingo de carnaval, sin los mesoneros insolentes del León, sin la insoportable necedad de ir al San Ignacio a ver carajitas y tomarse una birra. Mucho menos comerse algo, porque todo se va acabando y por ser feriado, reponer el inventario es muy difícil.

Extraño la Benacerraf. Era mi sala favorita, aunque en la de la cinemateca se podía fumar, esa sala fue la escuela de cine más importante que tuve. Es más, extraño el ateneo con sus obras de teatro frikis, su plaza llena de cigarrillos y el Rajatabla después de comprar muchos libros muy baratos que me leía en una sentada en algún banco de la plaza. Si es que no te ponías a jugar fuchi. Las luces de la ciudad se han ido apagando. Tanto, que las pocas luces que quedaban en la ciudad se han ido yendo.

Sé muy bien lo que pasó. Se llama estupidez. Y ahora anhelo la misma ciudad en la que solía vivir, en la que vivo y ya no está. Estoy seguro que hay algo mejor que está aquí, en esta misma ciudad, que no se ha ido. Que esta por volver. Que hay que buscar.


El síndrome del tornillo flojo

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Yo siempre he considerado que los aeropuertos son el vivo ejemplo de lo que uno se va a encontrar en un país. No es que haya pisado muchos, sin embargo, los pocos aeropuertos son todos hermosos: limpios (algo que debería parecer obvio), inteligentes en ingeniería y arquitectura, elegantes y cómodos. Además, que con los temas del avance de la tecnología, estar en un aeropuerto debería ser, supongo, un lugar que cubra la necesidad lógica de estar conectado con el resto del mundo, tanto en lo físico como en lo espiritual (aquí es donde yo meto el asunto digital, más espiritual que una conexión a internet, no creo que exista nada).

Sin embargo, tuve la oportunidad de viajar en estos días y mi primera impresión compleja fue precisamente cuando me senté en una silla, de esas que tiene cuatro o cinco asientos, y sentir que estaba en un columpio con posa brazos oscilantes y danzarines.

Mi reacción fue, mala maña mía, entender lo que pasaba en la silla. Era sencillamente unos tornillos de llave allen que había que apretar, solo eso.

Sencillamente no lo entiendo. Provoca como venezolano, cargar una puta llave allen de 8 y ajustar todas las sillas del aeropuerto. Punto. Es un asunto que sobrepasa el entendimiento: es mi aeropuerto y no puedo creer que no existe ningún venezolano que tenga el corazón de molestarse y pedirle a los funcionarios del aeropuerto que servicios generales se dedique 5 minutos en apretar los tornillos de la silla.

Es que además creo lo siguiente (uno que es motorizado) apretar un tornillo correctamente evita que las cosas de desgasten más de la cuenta y puedan durar un poco más de lo que generalmente duran cuando no haces nada. Es sencillo. Apretar un tornillo es parte de ponerle corazón a lo que haces. Apretar un tornillo es la actitud correcta a tener un país que deseamos, despojarse de egos pajuos y tener el carácter de tomar una llave allen y con dos o tres personas, ajustar el tornillo una noche de poco tráfico.

Yo siento que soy capaz de dar el paso y apretar el tornillo y no trabajo en el aeropuerto. Quien más se atreve…


El negocio del periodismo

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A veces nosotros los periodistas se nos olvida que el periodismo es un negocio. Lo peor del caso, cuando nos damos cuenta seguimos viviendo mal que bien en un apartamento alquilado, botado de un diario al que le diste 17 años de tu profesión desde que fuiste pasante hasta que te preguntaron “ fecha de ingreso y último sueldo”.

El negocio de la verdad, no de la verdad de verdad, sino la verdad novelada en historias censuradas por el editor, parte del negocio, y por la mesa editorial, los dueños del coroto, termina en una casa solitaria, llena de libros y notas escrita con los años, recuerdos y diplomas del día del periodista, seguramente hasta premios ganados a costa de trabajo de esos 17 años en un diario que un día decidió que no eres conveniente para la política editorial de un diario que recién acaban de vender, pese a los mil quinientos años de abolengo de una empresa familiar que comenzó con un sujeto, poeta, soñador, con dinero y algo de suerte, apegado a la verdad.

Ser romántico es una mierda, pero precisamente por eso somos periodistas.

Podría tener la certeza que entre esos papeles viejos y los premios y regalos, está más de una carta de alguna investigación abierta por la inconveniente que ese reportero escribió alguna vez que sacó de mala hostia a algún juez o algún fiscal, y con un poco de suerte fue algún ministro o algún presidente, que terminó en una investigación inconclusa que nunca caminó porque solo querían amedrentar. También, esta me da más risa, alguna que otra carta al tribunal disciplinario del CNP donde te acusan de yo no se que cosa.

Yo tengo las mías y eso que mi paso por el periodismo policial fue bastante apenas de 7 años. Suficientes para terminar la carrera con un sueldo de pasante más guardias.

Pienso en ustedes muchachos, a los que han ido botando uno a uno convenientemente porque son sujetos incómodos, piedras en el zapato. Quizá, cuando este país se convierta en algo más que un juguete de aquellos que nos desean arrodilladlos, los dueños del negocio, del negocio del periodismo, se acordarán que aquellos reporteros inconvenientes que botaron alguna vez quedaron en la gloria del periodismo que ellos no fueron capaces de hacer, sólo porque era un negocio.


El últimohombre

1981892_10151961044946283_642812902_nHan sido unos días de fútbol con uno de mis hermanos más preciados, de eso que la vida te entrega. Creo que el tempo nos ha ofrecido una amistad que sobrepasa muchas cosas y en lo personal, tengo por mucho la suerte de tener los amigos que tengo, pero en el caso de Pascual, tiene muchas cosas que superan las palabras escritas y dichas.

He visto cómo la persona que desea a su familia llegó con los guevos agarrados con ambas manos y con el corazón abierto a deshacerlo todo y colocarlo en manos del mejor postor. Sin desasociego, sin la mano temblorosa, con el desparpajo de un hombre que ha hecho de su vida una opción entregada al oficio que mejor sabe: ser el padre de Santiago u Laia, el esposo de mi Ana Carlota, el hombre de las paellas, el tipo que con coraje de defensor, se coloca la camisa con el número que le toca y sale a tirar patadas a la vida. Es el últimohombre, el que defiende el arco con la entersa que sabe.

Podría decir que lo vi flaquear, temer, preocuparse, doblar la rodilla y colocarse en fuera de juego para evitar la jugada fatidica de vida, pero no, no puedo dar fe de nada de ello. Más bien, escribo esto con el ejemplo de un hombre que respeto con mucho cariño y que sé que la fortaleza que posee es superior a la de muchos. Sé que el tiempo va a razones de que todo lo que podamos hacer como hermanos y como familia, de esa familia que me ha entregado el camino, va a ser mejor de lo que uno se imagina.

Tenemos mucho periodismo que hacer, muchas cosas por probar, muchas historias por contar, mucho que decir, mucha vida… “Pura vida”. Mis hermanos son los que se han despedigado por la tierra a hacer un mundo mejor. Lástima que esta tierra, que si, está llena de sueños, sólo nos deja los despertares. Ya nos reuniremos nuevamente, a probar nuevamente una paella valenciana y comer socarrat hasta saciarnos, a probar vinos, conversar de fútbol, de las motos, de las carreras, de los niños, de como crecen. Pronto.

En este equipo, su número, el número del últimohombre, se cuelga en el mejor sitial.

No tengo más que decirle sino “Hacélo”


Ni tan Desde Palo Verde

IMAG0117_1Escribo con la necesidad que tiene el hecho de escribir esto. Cuando uno se casa, se va a la aventura lleno de amor; cuando te divorcias usas el amor propio como fortaleza y asumes de corazón todo lo que eso conlleva. Cuando te mudas, dejas el amor propio y revuelves todo aquello que supuestamente te llevaron a hacer ambas cosas y la conviertes en un acto de decisión, dejar todo eso atrás, deshacerte del resto de esas cosas que te convirtieron en lo que eres hoy y comenzar de nuevo. Es hacer salto nuevamente de esos que tanto les cuento: primero el paracaídas y luego yo, y que el Santo Niño de Atoche te acompañe.

Tener todo en bolsas y cajas, mover los mueblecitos que fuiste coleccionando, botar basura, Limpiar subir y bajar las escaleras, despedirse de esos que te recibieron en su casa y se convirtieron en, digo yo, unos padres putativos que con mucho cariño no sólo estaban pendiente de ti, sino que además, fueron los que supieron comprenderte en esos momentos donde la vida estaba dándote el bofetón, pero para que reaccionaras. La puñalada, esa epifanía que sirvió, pese a mucho, de despertar.

Tengo muchas cosas qué agradecer a Palo Verde, donde desde esa preciosa terraza con atardeceres deslumbrantes de Petare me permitieron convertirme en una persona sensata, humilde y fuerte. Acostumbrarme a la viveza criolla y de a pie, a andar en moto taxi y luego en moto, a reconocer la calle que tantas veces la política me entregó, pero que es muy distinto vivirla que campañarla.

 Dejar Palo Verde es como liberarse de una chaqueta muy pesada pero muy cómoda, con una sensación de frio pero a la vez de alivio. Es de esas cosas que te hacen pensar y no sabes que sentir, pero la casa que ahora me acoge es harto conocida, llena de conversaciones, de cuentos, historias, alegrías, Santiago, dos gatos muchos amigos y muchos recuerdos, tanto que a veces siento que está un poco vacía en este momento de esta historia.

Esto es el salto cuántico a una nueva vida, es la tercera experiencia del desapego: apenas, el inicio para ese proyecto que tengo en la cabeza y en las manos. Esto no es como aquel texto que escribía a manera de despedida, es más bien una bienvenida a un “Ni Tan Desde Palo Verde”, pero con la misma alma.

Primero el paracaídas, y después…


Señore ladrone

Si. Es como si el tiempo tuviera mucho que mostrarme y que casualmente tengo la oportunidad de verlas cosas en el momento preciso. Mamá se reía de Alaska: “¿qué edad tiene esa señora? Mírala como se viste. ¡Parece un carnaval!”. En coro le dijimos… Mamá es Alaska… Ella es así… Sin embargo la sorpresa nos superó. No pensé ver más allá de su estrambótica estética: era un programa inteligente, bien producido, crudo en su mensaje y en su manera de hacer televisión, y sobre todo Honesto.

Inclusive, quedamos boquiabiertos al ver a Tomasito vestido con un leotardo animal print de lo más vistoso, unas botas verdes, cantando sin desparpajo alguno y danzando como una bestia… si como lo que es… como una bestia… Si leyeron esto… que creo que está de más…. espero que hayan visto y escuchado lo que les dejé más abajo…

Así creo que nos sentimos muchos en muchas partes del mundo… y que mejor que una guasa para expiarnos las culpas.


Yoga para Aceitunas coquetas

Reflexiones de lo que he aprendido del yoga

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Soy super fan de  Diana Garcia… no es que me maquille, pero me encanta su actitud, su estrategia y sus ganas para hacer las cosas.  Puedo decir que soy el autor intelectual de unos cuantos de sus post, debo reconocer que su carisma es lo que me mata.

Esta maracucha de cabellos rebeldes tiene un proyecto que me atrajo desde el principio, y he sido consecuente: Proyecto 63, un reto personal que se basa en ponerse el firme propósito de estar sano y feliz, y eso pasa por ponerse en forma, comer mejor y sentirse mejor… todo eso en una ciudad donde la gente se manda dos tumbarrancho con Coca Cola a las 7 am.

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El otro día en una conversa sobre el yoga y sobre eso de que necesita algo como más activo, y le repliqué que eso no era así, que el yoga hay que tenerle cariño y dedicación para que se le vean los resultados. Además de un tema de perspectiva de cómo debe asumirse el entrenamiento del cuerpo y del alma, yo creo que el yoga es un entrenamiento que además de prepararte físicamente, ofrece equilibrio y control, algo que hace tanta falta.

Recuerdo que en estos días invité a Carolina Briceño a ir a la clase de amadeo porras en el Parque del Este, y por supuesto, además de parecer un pato fuera del agua, no pasaron 10 minutos cuando su stress la alcanzó y no siguió en la clase. Logicamente, Caro es una mujer que hace mil cosas al mismo tiempo y no tiene concentración para aterrizar su enfoque en un solo punto, menos en ella. 25 minutos después estaba pegando brincos en la bailoterapia, claro… con sus consecuencias posteriores sobre una persona que no habitua nada que se le parezca al ejercicio.

El otro extremo es mi amiga Yuri, una runner bien entrenada que necesita solo 30 minutos al día para liberar todo lo que tiene en 6 kilómetros. Lo que cuenta es que es una liberación de endorfinas, stress, malos pensamientos: todo un reto. Correr tiene una disciplina fenomenal (lo hice alguna vez… cuando era joven y esbelto y desempleado) y te da autoenfoque. Además Yuri sorprende porque además de eso es vegana, que más allá de su esfuerzo de salvar a los animalitos que tienen una familia y sus hijitos y esas cosas, combina sus ejercicios con un régimen sin carne.

YOGA Y YO

Comencé a hacer yoga en un momento bien complejo en mi vida. Estaba separándome y necesitaba hacer algo, flexibilizarme, tanto en lo físico como en lo espiritual. Yoga era lo mejor. Tuve la oportunidad de comenzar con el apoyo de club de esposas de mis amigos, que obviamente me llevaban una morena y media. Con el tiempo logré encontrar disciplina, y solitario me enfrentaba dos veces a la semana a mi propio cuerpo, mi propia concentración, mis propios problemas. Como diría Miguel Mateos, era alguien perdido encontrándose.

En ocasiones cometí muchos abusos con el yoga: ir a tres clases en un día. Ir completamente borracho, porque sencillamente me había prometido ir así estuviese como fuese. Ir desayunado. Dejar de ir por flojera. Poco a poco fui entendiendo que hacer yoga más que una disciplina física, era un compromiso personal que se construía a base de paciencia, de autoenfoque, respiración a respiración, clase por clase. En definitiva, el yoga no es algo que uno va a hacer por hacer.

Ya me sentía avanzado. Lograba hacer torsiones que antes era imposible hacer. Me paraba de cabeza. Mantenía una posición con diez respiraciones calmadas sin sentir dolor. Tuve que parar por una lesión, 25 kilos menos y una diabetes que tenía escondida y haciendo estragos sobre mi cuerpo. Fue terrible para mí: lo que me lesionó, más que la rodilla, el ego. Aún no me recupero, pero estoy eventualmente retomando la práctica. Aunque el año me lleva a hostias.

Con el tiempo el yoga se convierte en un ejercicio que solo comparo con salir a correr o lanzarse a nadar: al final, uno tiene el camino adelante y no existe nada más, tú sólo decides cuando comenzar y cuando terminar. Lo único que importa es una sola cosa: Respirar.


Anysabel… una niña insolente…

Ahí se graduó ayer la coñita esta que pude cargar hace 25 años. Como les explico que no esperaba menos, porque es sumamente terca, al extremo fastidiosa, autoflagelantemente autoexigente, insoportablemente intranquila, familiarmente insomne, al extremo dedicada, odiosa, ¿fastidiosa ya dije no? y muy muy linda. Si me preguntan, no me parece gran cosota que se haya graduado de diseñadora gráfica por todo lo que dije antes, pero sé que es, de verdad verdad, fotógrafo profesional, una muchachita muy organizada.

Tranquila… Lo mejor de graduarse es que puedes cobrar más caro.

Te quiero…


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